Hace unas pocas semanas teníamos la oportunidad de recordar a los mártires de la UCA de El Salvador 30 años después de su asesinato. Mártires que son un símbolo de memoria hacia todas las personas tanto del país centroamericano como de todos los lugares del mundo a las que se les arrebata la vida de manera violenta e injusta. En esos días del pasado mes de noviembre, Rolando Alvarado, actual provincial de Centroamérica de la Compañía de Jesús, escribía una carta a sus compañeros jesuitas para tener presente el legado de los mártires. Por el valor de este texto, quiero compartir algunos de sus principales párrafos para que su significado e invitación nos quede presente también aquí, en estas tierras.

Mural Mártires de El Salvador

Hablar de “legado” no es referirnos a una “herencia” sin más, a un conjunto de bienes a conservar y preservar. Se trata de un “testamento”, de una “sucesión”, de un “regalo” que como provincia hemos recibido para que, generación tras generación, se convierta en un “referente” que nos ayude y equipe en nuestro peregrinaje como compañeros de Jesús en esta parcela de su viña que es Centroamérica, en donde queremos hacer vida la proclamación de su reinado de libertad, justicia y paz.

Al evocar su martirio 30 años después, los siguientes “rasgos” y elementos de su legado, de su testamento, de su ejemplo, me resultan actuales y decisivos para nosotros:

  1. Su fidelidad al Dios de Jesús de Nazaret. Al Dios de la vida que es incompatible con los dioses de la muerte. Al Dios que no se deja sustituir por los ídolos de la riqueza y del poder. Al Dios que nos sostiene, que nos acompaña y que nos guía al caminar ante El.
  2. Su honradez con la historia, con la realidad impregnada de dificultades y adversidades, pero también de posibilidades y oportunidades para acoger y realizar aquello de que ese Dios ha venido a nosotros para que podamos “tener vida y vida en abundancia”.
  3. Su lealtad con los que más sufren. Con los desempleados, con los mal pagados, con los niños de la calle, con los ancianos abandonados a su suerte, con los que migran buscando mejor vida para ellos y sus familias, con los que huyen de la represión de los poderosos, con las mujeres maltratadas y marginadas, con los enfermos, con la “casa común” centroamericana expoliada, destruida y contaminada, etcétera.
  4. Su mansedumbre ante la ira y la rabia. Si antes de esa fatídica noche tuvieron que encajar acusaciones mentirosas, difamaciones y amenazas, sin perder serenidad y no reaccionar al mal con mal, y menos dejar de seguir luchando por la fe y la justicia, en esos momentos tocó aceptar, con sosiego y confianza en El Señor, ser llevados como corderos al matadero y postrarse en lo que hoy conocemos como el “jardín de rosas”.
El jardín de rosas
  1. Su pertenencia a un único cuerpo de servidores. Tres generaciones, seis “amigos en El Señor”, que más allá de sus nacionalidades, biografías, talentos, relaciones personales, vínculos laborales, y sensibilidades, se encaminaron juntos a dar sus vidas por el reinado de Dios y el pueblo salvadoreño.
  2. Su coherencia en la vocación de “en todo amar y servir”. En cuanto compañeros de Jesús dieron “gloria a Dios” apostando y trabajando por una nueva civilización, con tal grado de seriedad y hondura, que culminaron regando con sangre esa apasionada y sincera labor. A esa nueva civilización, a esa nueva e integral, libre y justa, reconciliada y armónica forma de vida, se volcaron desde la labor universitaria, escudriñando e iluminando la realidad, formando a jóvenes, contribuyendo en la atención pastoral de comunidades parroquiales, aconsejando a personas, animando espiritualmente a diversidad de grupos, pensando y haciendo propuestas para un país distinto y mejor.
  3. Su ilusión por el futuro, convencidos de que en medio de la lucha cotidiana y consecuente por el Reino se abre paso el Dios justo y verdadero. No solo creyeron en Jesús sino que también le creyeron: la última palabra en la historia no la tienen ni la tendrán la crueldad, el impulso destructor, el dolor y la tristeza, sino la misericordia, la generosidad, la creatividad y la alegría.

Las palabras de Rolando Alvarado suponen, para quienes las leemos, una llamada a la encarnación en la realidad que vivimos. Como lo es la invitación del papa Francisco a la santidad del día a día. En su exhortación apostólica Gaudate et exultate nos dice claramente que aunque los mártires, como los de la UCA, son siempre ejemplo no hace falta el martirio para que cada persona lleguemos a vivir esa santidad diaria, habitual, de entornos cercanos, de relaciones de vecindad.

No hace falta querer ser un nuevo Ellacuría, ni Martín Baró, ni Amando López, ni Segundo Montes, ni José Ramón Moreno, ni Joaquín López y López, quizá basta con ser y sentir como Elba y Celina, testigas mudas y martiriales que desde la sencillez de la vida les acompañaron aquella noche. Ellas son también referencia y reflejan una entrega que se parece mucho a la del niño frágil en un pesebre pobre que vamos a celebrar dentro de unos pocos días.

Inicio de la tradicional procesión de farolitos

Quedémonos con este llamado a recordar el legado, la entrega y la sencillez. 30 años después todavía permanece vivo, como lo demuestran las numerosas celebraciones que en diferentes lugares del mundo se realizaron el 16 de noviembre, y especialmente las diferentes actividades que, un año más, la UCA realizo a lo largo de la semana con mucho mimo y cariño. Actividades que más que trasmitir un recuerdo enlutado y triste proyectan la alegría por la vida, la esperanza y el trabajo colectivo por el Reino para que sea posible aquí en la tierra. Este fue su legado, éste es el legado que mantenemos con vida, ese es el legado que llena de luz la historia. ¡¡No los olvidamos!!

Edith Ulloa

Nuestra querida Edith, en la procesión de farolitos con el provincial Rolando Alvarado y unos amigos.

Video de la vigilia el 16 de noviembre