Las pasadas Navidades me fui cuatro días de Ejercicios Espirituales a Loiola. No era mi primera experiencia de EE pero cada vez es una experiencia distinta: sabes quién es tu acompañante pero desconoces el viaje que te tiene preparado. Y es que en cada ocasión te sorprende con una cosa diferente. Este año me invitó a conocer su taller. ¿Queréis saber lo que me encontré?

Llegué a la estación puntual. Tenía muchas ganas de volver a compartir unas vacaciones con Él. Estaba deseando emprender el viaje y ansioso por descubrir de su mano nuevos lugares. Miraba el reloj pero Él no llegaba. Empecé a impacientarme. Habíamos quedado allí, ¿verdad? Tenía miedo de perder el tren (aunque, en realidad, no sabía cuál debíamos coger), así que saqué el móvil y le llamé insistentemente. Pero no obtuve respuesta. Cuando se acabó la batería, alcé la mirada al frente y allí estaba Él. Al fin había aparecido. Le pregunté por el retraso y me dijo que había estado allí todo el tiempo pero que me vio tan ansioso por partir que no me veía preparado para el viaje. Según Él, necesitaba una pequeña dosis de pobreza y humildad. De esta manera saqué la primera lección del viaje: “Él toma la iniciativa. Yo tengo que aprender a esperar. Sus tiempos son distintos”.

Una vez juntos, me pidió que confiara en Él, me tapó los ojos y…¡zas! de repente aparecimos en un coqueto taller de carpintero. Me dijo que, aunque muchas veces lo dude y, a pesar de su avanzada edad, Él sigue trabajando todos los días. Ese iba a ser nuestro destino durante los próximos cuatro días porque tenía la intención de mostrarme cómo funciona el taller.

Lo primero que hizo […]