Me abruma estar constantemente rodeado

de tantos mensajes de felicidad.

No los critico,

pero no siempre los comparto.

Quizá sea que el imaginario colectivo los necesita

en estos tiempos de zozobra.

 

Pero no me gusta sentir la presión

de “estar bien” a todas horas.

Reclamo también libertad

para estar triste, abatido, desolado,…

No quiero sentirme culpable

si no escribo “feliz lunes” con letras de Mr. Wonderful,

si no termino el mensaje con un emoticono sonriente

o no empiezo el día de “color esperanza”.

 

Reivindico una felicidad sincera,

que traspase las fronteras del reino del “Bien estar”,

Esa felicidad que suele desembarcar en patera

tras cruzar mi estrecho “yo”.

Reivindico mi sonrisa,

aunque no siempre exhiba

una dentadura perfecta.

 

Porque, al menos, mi vida,

está llena de contradicciones, complejidades e imperfecciones.

Por eso, en ocasiones, necesito refugiarme en compañía

de “lo más íntimo de mi yo más íntimo”

y enjugar mis ojos con las lágrimas que brotan

de un corazón arrepentido, renovado y convertido.

 

Todo eso no significa que no sea Feliz,

solo que mi alegría responde

a otra lógica, a otras coordenadas:

las del servicio y la abnegación,

que no es negarse a uno mismo,

sino reconocerse en la entrega y la bendición

al Otro y a los otros.

 

Aunque no siempre encuentro

el cómo ni el cuándo,

ni cuento ciento volando,

pero recuerdo el ayer y espero el mañana.

 

Por eso, en ocasiones,

recurro también a los sucedáneos

de una felicidad más inmediata y superficial.

Porque así soy yo:

complejo, contradictorio e imperfecto.

Y, por qué no decirlo,

También me alegro por ello.

 

Chicote