La situación de las personas más vulnerables debe ser la mayor prioridad en una sociedad. De la misma forma que en una familia sana se dedican tiempo y recursos extras a los niños y a los enfermos por su necesidad de apoyo, una sociedad que quiera ser humana y habitable debe preocuparse en primer lugar por las personas que atraviesan contextos de gran precariedad.

Recientemente han surgido debates sociales y mediáticos en torno a determinados hechos que afectan a los colectivos más frágiles de nuestro entorno. Un día se habla de las dificultades para la apertura en un barrio de Bilbao de un recurso para personas en grave excusión social, otro día sobre supuestos fraudes en la renta de garantía de ingresos, o sobre ayudas a personas inmigrantes, el derecho de empadronamiento, etc.

Nuestra postura ante estas controversias es clara: las circunstancias que afectan a las personas más empobrecidas deben tratarse con tranquilidad y serenidad, evitando alarmismos y salidas de tono, de forma que se puedan tomar las decisiones más adecuadas. La experiencia nos muestra de forma fehaciente que todos los problemas, si son tratados con calma y con sentido de la realidad, dan lugar a soluciones positivas, en la que todos los sectores salen beneficiados.

De la misma forma y por la misma razón, queremos elevar una dura crítica a las personas o grupos que criminalizan a los más pobres, siembran el miedo y la desconfianza, dirigiendo la frustración y la ira de una sociedad en crisis económica hacia quienes son más débiles.

Constatamos también con tristeza que, en muchas ocasiones, los medios de comunicación no están a la altura de la responsabilidad social que les corresponde, y no colaboran a favorecer la solidaridad.

En definitiva, animamos a todas las comunidades cristianas, y a la sociedad en general, a movilizarse por una sociedad más justa, solidaria y habitable, y en concreto a hacer declaraciones explícitas y públicas en favor de los grupos más vulnerables.