DECIR SÍ

Vivíamos una vida segura en el sur de las Filipinas. Trabajaba como consultor de capacidad de desarrollo para asociaciones sin ánimo de lucro. Rojean estaba lista para dar un nuevo paso y comenzar un programa de máster de gestión del desarrollo después de haber pasado tres años cuidando de Aeraele. Además, nos estábamos preparando para asentarnos en esa área después de haber vivido allí durante los primeros cinco años de nuestro matrimonio.

Nos enteramos de que había posiciones vacantes en la Secretaría General  durante la Asamblea Nacional Filipina, celebrada durante el último trimestre de 2013. Fr. Luke Rodrigues estaba allí, y nos ofreció una descripción de lo que conllevaba la posición de Secretario Ejecutivo. Algunos miembros de CVX Filipinas comenzaron a animarnos para que solicitáramos esta posición en aquella época, diciéndonos que sería una oportunidad genial y maravillosa. Es difícil cuando algo así llega a tu vida. Rojean y yo nunca antes nos habíamos planteado esta posibilidad. Estábamos comenzando una nueva familia. Poco a poco nos íbamos estableciendo en nuestros trabajos y en nuestro entorno. Para nosotros, siempre había sido encontrar la zona en la que pudiésemos continuar trabajando en las áreas a las que habíamos sido llamados para marcar diferencias (en el caso de Rojean, trabajar con las gentes indígenas de Filipinas; en el mío, reforzar las capacidades de personas y organizaciones para que pudieran llevar a cabo mejor su servicio) y, al mismo tiempo, ser capaces de compaginarlo con la formación de una familia. Cuando se nos presentó la idea de trabajar para CVX Mundial, se produjo una mezcla de sentimientos de emoción, aturdimiento, miedo e indiferencia (no-ignaciana). La respuesta inmediata a esta oportunidad fue una amplia gama de “¡no!”.

Y, cuando nos pidieron que rezáramos por ello, estábamos verdaderamente confundidos. ¿Debíamos solicitar la posición de Secretario Ejecutivo?

Durante esa época rezábamos con dos comunidades. Una de ellas se llamaba Umaga, que significa “mañana” en filipino. La otra Ven y mira. Por la naturaleza transitoria de nuestras vidas teníamos que encontrar comunidades de CVX allá donde estuviésemos. Ninguno de los dos grupos podía contener sus sentimientos ante esta posibilidad. Ambos teníamos que luchar con la respuesta de “Sí” e “Id”. Ellos estaban más emocionados que nosotros; la fiebre de Roma los había afectado a ellos mucho antes que Rojean y a mí (para nosotros, esto sucedió mucho más tarde, cuando finalment

e llegamos a la ciudad). Además, para ellos no había nada que pensar. En realidad era una oportunidad única en la vida, y decir que no sería un disparate. Y así decidimos Rojean y yo que teníamos la gran responsabilidad de pensar detenidamente en esta invitación, pues muchas personas y comunidades estaban rezando con nosotros. Nuestro “sí” llegó mucho más tarde.

Era difícil. Había riesgos reales si la solicitábamos y éramos seleccionados. Dejar Filipinas en este momento constituiría un parón en mi carrera – perdería mis contactos; supondría un gran cambio con respecto a aquello para lo que yo me estaba preparando y entrenando (tal vez). También supondría un conflicto con los estudios que Rojean iba a comenzar. Los primeros años de vida de Aeraele estarían marcados por un gran número de cambios. Tendríamos que salir de nuestro país, y establecernos en la incertidumbre de un nuevo lugar, una nueva lengua, una nueva cultura. ¡Imaginaos el estrés que supone este cambio para una familia! Si este era el intento de Dios de cortejarnos, realmente parecía que no tenía mucha experiencia cortejando a nadie.

Aun así, las variables desconocidas también nos habían atraído. Algo se estaba cociendo en la Iglesia, algo traído por el Papa Francisco. Había una atracción en la dirección hacía la que nos dirigía. Era como si nos hubiera llamado el Rey y le dijéramos “¡Vale, queremos ser parte de eso! ¡Enséñanos la mejor manera de hacerlo!”. Las fronteras identificadas en la Asamblea del Líbano eran más específicas de lo que nunca antes lo habían sido. Eran algo con lo q

ue podíamos trabajar – y, si podíamos apoyar eso a nivel de la Comunidad Mundial, ¿por qué no hacerlo? Por último, la invitación no era solo para dar y abrir nuestros corazones. Era además una oportunidad para conocer mejor CVX – la comunidad que nos había formado como personas, la vocación que habíamos aceptado –, el cuerpo, la gente, los procesos, la historia, el futuro. Y tal vez, solo tal vez, podríamos aprender a amarlo aún más.

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Había otros cientos de quizás, de y sis, de cómos que nos envolvían (los detalles del discernimiento podían ser también un dilema Schrödinger – se alinearían con la realidad después de tomar la decisión). No había ningún modo de capturar o confirmar todo. Pero la última pregunta que teníamos que respondernos era – fuera cual fuera la decisión, ¿será consistente con lo que somos? ¿Podremos vivir con ello? En ese momento nos dimos cuenta de que la llamada era para que nos hiciéramos más abiertos y disponibles ante la posibilidad de servir a la comunidad mundial como secretarios ejecutivos. La decisión final no dependía de nosotros.

Por mucho que intentamos transformar la opción en certezas más concretas, era cada vez más obvio que no había dos partes en esta elección. Nuestros miedos prácticos permanecerían, y los equilibrarían los espacios inciertos de donde irradiaban la esperanza y la inspiración. Y así, dijimos que sí. Podríamos hacer esto por CVX, si nos aceptaban. Nuestras comunidades confirmaron felizmente nuestra decisión. Rellenamos los formularios. La Comunidad de liderazgo (Comité Ejecutivo Nacional) nos ofreció el apoyo inicial para la solicitud. Después de esto, el Comité Ejecutivo Mundial llevó a cabo el proceso de selección de candidatos. En enero de 2014, nos llegó la noticia de que habíamos sido los elegidos para ir a Roma. Para entonces, nuestra visión y nuestra respuesta eran firmes. Y nuestro “Sí” definiría este capítulo de nuestra vida familiar.