“es bueno que se sepa desde ahora que no habrá posibilidad de remar nocturnamente hasta la otra orilla que no sea la nuestra ya que será abolida para siempre la libertad de preferir lo injusto…” Mario Benedetti.

Como habéis podido ver en el blog de CVX España y en la página web del sector social de la Compañía de Jesús, entre el 14 y 16 de abril se ha celebrado el Foro Igaciano sobre Frontera Sur.

Allí he estado invitado como miembro del Equipo de Migraciones de CVX España y mi intención es presentaros algunas reflexiones que me surgían, así como intentar acercaros mi experiencia, otros aspectos como los objetivos del encuentro, contenidos… podéis encontrarlos en las referencias anteriormente mencionadas.

El Foro ha tenido lugar en Nador, una ciudad Marroquí que hace frontera con Melilla, entre las que median 12 kilómetros por carretera. Un enclave natural realmente bonito con el mar al norte, al que la ciudad se asoma desde un paseo renovado con grandes inversiones de dinero, en el que se están desarrollando grandes proyectos de turismo con fuertes intereses económicos. Así situados damos la espalda a las colinas y montes que rodean la ciudad donde más que la belleza nos remueve la situación de cientos, miles, de personas que viven en ellos, en algunos casos durante años, sin posibilidad de acceder a un trabajo o a otros medios de vida, y sin los recursos que se establecen en un entorno urbano.

En la ciudad una de las cosas que llama la atención es el bajo nivel de vida general, así como los contrastes en un mismo espacio. De forma que conviven edificios abandonados con un hotel de lujo, al lado de casas habitadas pero con necesidad de un mantenimiento que lleva años sin hacerse. Así mismo, los servicios públicos, como el de la limpieza, no parecen existir responsabilizándose de ello los encargados de los comercios que baldean el trozo de calle que corresponde a su local.

No se ve policía sin embargo no hay sensación de inseguridad pudiendo pasear tranquilamente por cualquier zona sin sobresaltos, así mismo, y paradójicamente, la sensación de control es bastante alta. Frente al centro Baraka, donde nos reuníamos, había constantemente policía secreta, y en el hotel e incluso a veces cuando nos movíamos en grupo había alguna persona cerca escuchando o siguiendo los desplazamientos. Recordaba viejos tiempos ya casi olvidados.

En resumen, se percibe un intento de dar un lavado de cara a la ciudad con grandes inversiones que a día de hoy no están generando redistribución de riqueza,  así como un férreo control a aquellas actividades y proyectos socio religiosos no gubernamentales.

Se acepta la presencia de la Delegación de Migraciones y su proyecto de acompañamiento a la atención sanitaria pero no se reconoce oficialmente. Se juega con la indefinición. Esto permite que ante tensiones diplomáticas se puedan generar presiones al margen de normativas y leyes. Se cuida mucho “no violentar” a las autoridades locales por los efectos que pueda tener en el proyecto, y desde instancias oficiales como el propio consulado por los efectos que puedan tener en otros ámbitos de la política exterior. En lo concreto esto supone que a última hora se conoce que el Foro posterior sobre espiritualidad y frontera que se iba a desarrollar entre Melilla y Nador, y que convoca a más de 300 personas, no obtiene el permiso de los gestores públicos locales: La frontera no existe.

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Es un “juego” de estrategia donde se olvida el efecto de la situación en las personas y se establece un toma y daca.

Desde la comprensión macro y estructural entorno a la frontera se establecen relaciones de control y poder sobre las personas y los recursos que responden en último término a grandes intereses económicos de unos pocos. Se consiguen recursos naturales, acuerdos empresariales… en connivencia entre grandes corporaciones y poderes políticos que responden más a sus interés particulares que a los beneficios de la ciudadanía a la que representan.

Se establecen realidades de injusticia estructural con el beneplácito del gobierno que encuentran el respaldo en una ciudadanía española confusa que ya no sabe distinguir entre los derechos y los privilegios. Capaz de apoyar y justificar la limitación y restricción al acceso a derechos universales como la sanidad, la educación… a un conjunto de la población residente en su país y, sin embargo, entender como derecho un estilo de vida insostenible y desde luego no universalizable.

Es la rentabilidad del miedo en el que una mayoría de la población entiende que debe defenderse de una amenaza para que realmente otros puedan seguir sacando sus grandes beneficios. Esta realidad permite, consiente y perpetúa que se mantengan estas estructuras injustas de las que todos somos cómplices con diferentes grados de responsabilidad.

Y en medio de todo esto hoy ha habido un intento de salto a la valla, de la Delegación sale un joven subsahariano de no más de 30 años. Su andar es como el de un anciano y necesita ayuda para dar un paso tras otro. Rictus de dolor, tiene la mandíbula rota por tres partes. Está roto. No sólo le han partido los huesos, también el espíritu. Tendrá que viajar 130 km para que le sanen físicamente. ¿Cuánto viaje tendrá que hacer para que su espíritu y esperanza vuelva a renacer? Le quedan semanas de comer sopas y purés con una pajita, tiempo para poder volver al bosque, desde donde no dudéis lo volverá a intentar.

A la tarde dos jóvenes más llegan con muletas y la pierna enyesada. Son personas y sus vidas dependen de pasar o no. Familia, dinero, expectativas… todo eso son efectos colaterales para los gobiernos de España y Marruecos que hoy están enfadados por las investigaciones de un juez, o el rescate de tres montañeros. Y lo que no acabamos de entender en Europa es que cuando una persona tiene que huir de su país dejándolo todo, familia, amigos, bienes… o cuando uno sale de su pueblo o ciudad porque no tiene posibilidad de vivir siendo promesa y esperanza para los que se quedan, no hay vuelta a atrás. Volver no es una opción.

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En el monte las personas viven en condiciones muy duras, expuestos a las inclemencias del tiempo, sin recursos, dependen de la ayuda y atención de otras personas, en general entidades como la delegación que acompaña a los servicios sanitarios, les ayuda a organizarse y a sensibilizarse sobre temas sanitarios y de prevención, reparte kits contra el frío: mantas, calcetines, guantes, gorros y chamarra. Cuando hay, algo de comida y a veces zapatos. También los lugareños les facilitan agua potable de sus propios domicilios y a veces algo de dinero. Sin embargo su presencia en la ciudad no es bien vista y desde luego no acceden a ningún tipo de trabajo.

En el monte se viven dos grandes realidades la precariedad y el miedo. El miedo a la policía o a las fuerzas auxiliares, el miedo a las mafías. Y sin embargo es un lugar en el que se vive de la esperanza, la esperanza de pasar la próxima vez.

La frontera es un lugar de tremenda contradicción. La contradicción de una población local que no quiere verles pero les ayuda según sus recursos, la contradicción del miedo y la esperanza.

Es un espacio teológico de intensa humanidad donde se encuentran personas buscando sueños, esperanzas, ilusiones, con una dependencia absoluta en otros seres humanos para cubrir las necesidades más básicas (agua, alimentación, vestimenta…)

Y a la vez es un espacio muy deshumanizado por parte de los estados fronterizos para los que lo que menos importa son las personas sino las estrategias diplomáticas que les permitan establecer relaciones ventajosas para los fines que persiguen que no siempre están en sintonía con las necesidades de la ciudadanía a la que representan.

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Y mientras en Europa se sigue sin reaccionar, cada día mueren en las costas italianas cientos de personas. Pararos un poco. Cientos de personas no son palabras.

Es momento de recordar las palabras de Pablo Neruda: “No sé quién es el que sufre pero es de los nuestros”.

Es momento de esperanza, de esperanza cristiana. Desde CVX estamos llamados a las fronteras, no sólo a estas pero también a estas. Como cristianos estamos llamados a construir Reino aquí y ahora, junto con otros y otras, y esto desde nuestra realidad cotidiana, de familia, trabajo, servicio… La gran mayoría situados en esa base de iceberg que nos presentaba Franklin, que no es un espacio cómodo desde el que vivir nuestro ser cristiano y CVX de forma pasiva y rutinaria o comprometidos con la realidad en nuestros tiempos libres. Es una llamada a revisar nuestras vidas, una llamada a revisar nuestro estilo de vida, nuestro consumo, a quién votamos, con quién vivimos, con quién nos relacionamos, qué valores transmitimos, es una llamada a implicar nuestras vidas ordinarias y “ocultas” en la construcción del Reino desde y con nuestra familias. A vencer las comodidades, las rutinas, los ritmos adquiridos, a estar en las fronteras incómodas, desequilibrantes, contradictorias desde nuestro día a día y realidad.

Con la confianza de aquello que decía Galeano: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, cambian el mundo”.

Asier