Maite nos cuenta su experiencia en Colombia

 

¿Existe algún Barulero con depresión?

Colombia-Barú agosto 2014

Sin tener la intención de ello, me siento a escribir unas líneas acerca de lo que la experiencia en Barú ha supuesto para mí, y me doy cuenta que hace exactamente un mes que deje la isla.

Durante 21 días tuve la suerte de formar parte del día a día de la comunidad de Barú. Para aquellos que no os suene, Barú es una península que se encuentra a tan solo hora y media en lancha desde el puerto de Cartagena de Indias. Muy próxima a las islas del Rosario, se trata de un enclave estratégico para el sector del turismo. Protegida por el manglar, uno se adentra por estrechos caminos acuáticos hasta llegar al pequeño puerto de esta comunidad de apenas 80 familias afro-descendientes.

Lo que debería ser una bendición y una oportunidad de poder 

Foto 1vivir de lo que su rica naturaleza les ofrece, se ha convertido en un lastre que amenaza con hacerles perder el derecho a conservar su territorio. Las multinacionales que copan el sector turístico intentan día y noche hacerse con el terreno, utilizando los medios que sean necesarios.

Pero sus habitantes, lejos de dejarse seducir por el dinero fácil y rápido, o por las ofertas de vidas mejores basadas en modelos de consumo e individualismo, están aprendiendo a organizarse. Ellos han heredado esas tierras por las que sus antepasados tuvieron que sacrificar mucho. Ahí tienen su hogar y lo más importante es que ahí son felices.

No tienen acceso a agua corriente desde sus casas,  sus calles están sin asfaltar, no hay servicio de recogida de basuras, ni asistencia sanitaria en la isla. No tienen coche, ni suele funcionar Internet, tampoco tienen ordenadores ni reproductores mp3, y alguien puede pensar ¿y son felices?

Durante mis 21 días en la comunidad he podido reflexionar sobre nuestro estilo de vida occidental y hacía donde nos está llevando. Cada vez tenemos más cosas, por supuesto todas “muy útiles y necesarias”. Justificamos una y otra vez nuestro consumo, y nos auto engañamos pensando que si tuviera esto o lo otro sería mucho más feliz. Pero por otro lado cada vez más gente necesita tomar pastillas para dormir. Muchas personas consumen su día a día en trabajos que no les aportan nada. Nos sentimos tristes y no sabemos el porqué.

En comunidades como Barú la gente se levanta cada mañana dando gracias por el nuevo día que nace. No se agobian ni estresan por cualquier imprevisto. Ven las posibilidades que el día les ofrece y las aprovechan para ser felices y hacer felices a sus vecinos. No usan reloj y dicen que tampoco lo necesitan. Caminan despacio pero con los ojos abiertos para disfrutar de lo que tienen  a su alrededor. Y no se molestan en planificar nada más allá de dos días pues la experiencia les dice que no todo está bajo nuestro control, que la vida da giros inesperados y es mejor dejarse llevar y bailar al ritmo que ésta nos marque.

Y ante mi partida me preguntaba ¿hay algún Barulero con depresión? Sinceramente creo que no. A pesar de la dureza de su realidad y de la falta de comodidades saben sacarle el jugo a la vida y no perder el tiempo angustiados por cosas que quizás nunca lleguen a ocurrir, o que si ya han pasado no tienen solución. Han aprendido a valorar a la gente por lo que es, y no por lo que tiene, y han construido entre todos un pequeño paraíso en donde ser felices unos con otros. Paraíso que van a defender como sea necesario porque por derecho esa tierra les pertenece.

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