Mi (corta) experiencia como guía de un grupo de CVX Arrupe Elkartea

Llevo más de media vida formando parte de la Comunidad de CVX en Bilbao. Queda lejos el año 1988, cuando con 19 años entramos en CVX cerca de 40 personas de golpe (parece mentira, pero sí, eso pasaba entonces). La mayoría procedíamos del grupo eskaut y de los grupos de confirmación del Colegio de Indautxu, así como de los grupos de Alcor del Colegio de las Jesuitinas. Como imaginaréis, el proceso que he vivido durante todos estos años me ha servido para profundizar en la espiritualidad ignaciana, así como para descubrir mi vocación CVX. En este camino he ido discerniendo las pequeñas y grandes decisiones que han ido configurando mi vida hasta lo que soy ahora: el estado de vida, mis opciones laborales, o el uso de hago de mi tiempo y del dinero.

Sin embargo, el mayor aporte que CVX me ha hecho es descubrir y confirmar que mi fe y mi vida cobran auténtico sentido en comunidad, que mi fe y mi vida solo las siento como tales en la medida en que me ponen en relación con otros, que necesito compartir preguntas, búsquedas, llamadas y respuestas, y que solo mirándome en los y las que me acompañan me reconozco como seguidor de Jesús.

En todo este tiempo he formado parte de diferentes grupos, he sido testigo de idas y venidas de gente, y de varias reestructuraciones de grupos. Pero si algo tengo que agradecer a CVX es haberme sentido acompañado en todo momento, tanto por los guías de mis grupos  (Begoña, Tano, José Mari, Iñigo, José Manuel, y Tano de nuevo) como por los compañeros y compañeras que han hecho y hacen conmigo el camino.

En ese sentirme acompañado hay dos aspectos que para mí han resultado fundamentales. Por un lado, he aprendido a descubrirme, sin engaños, a aceptarme y a quererme tal como soy: en la comunidad siempre me he sentido y me siento aceptado y querido tal como soy. Y por el otro, ese acompañamiento ha ido haciendo crecer en mí un sentimiento de pertenencia y también de compromiso en ambas direcciones: me siento llamado a acompañar a la vez que soy acompañado, a tirar del carro en ocasiones, o a tener la confianza de dejarme llevar otras veces cuando mis fuerzas flaquean.

guia

Por eso, hace ya años que sentía la llamada a acompañar a algún grupo de la comunidad, más aún viendo la necesidad de guías y la dificultad que había para encontrarlos. Lo que me detenía para dar el paso no era tanto la falta de tiempo como el miedo a no ser capaz de hacer bien la tarea. Me paralizaba pensar en la posibilidad de invadir los espacios de otros, de no saber escuchar y comprender a aquellas personas que pusieran su confianza en mí.  Sin embargo, con el paso del tiempo, y con algo de formación en acompañamiento por parte del Centro Loyola, me he ido dando cuenta de que lo más importante es ser humilde y honesto. Humilde para aceptar que seguro que fallaré en ocasiones, y honesto para salir de mí y escuchar y ponerme en el lugar de aquellos a los que acompaño, los verdaderos protagonistas de esta historia.

Así, hace año y medio que comencé a acompañar al grupo de Nerea (Ex-Laura, como se decía antes). Cuando me pidieron escribir estas líneas me pidieron que incidiera en la dimensión de envío, y es bien cierto que en todo momento me he sentido enviado y acompañado por la comunidad, por mi grupo y por el equipo de guías, especialmente por Cecilia.  Pero lo que más resuena en mí es el regalo que me supone poder ser testigo de los procesos vitales de Aitor, Josu, Jon, Nerea, Laura, Iñigo, Marta, Idoia, Irune, Xabi y Pablo. Les he podido conocer en sus peleas cotidianas, en sus buenos momentos (que los ha habido a montones) y en los no tan buenos. En su pelea personal y grupal por tratar de ser coherentes en los pasitos que van dando. En sus dudas y en su ilusión por ir redescubriendo cada día qué significa querer vivir según la vocación CVX. Y gracias a ello siento que ellos me ayudan, sin ninguna duda, en mi propio proceso de búsqueda cotidiana de lo que significa para mí vivir según mi vocación CVX.

Juanma