El 5 de febrero de 1991, a las 19:45, moría en la enfermería de la Curia Generalicia de los jesuitas en Roma el bilbaíno Pedro Arrupe, 28ª Prepósito General de la Compañía de Jesús. Primer vasco en liderar a los jesuitas desde su fundador, Ignacio de Loyola, y una figura que no sólo marcó el rumbo de la historia de los jesuitas, sino que también influyó en la Historia de la Iglesia Católica. Un personaje histórico del que se han hecho muy distintas interpretaciones, y al que parece que la perspectiva histórica está devolviendo su verdadera importancia en la historia reciente de la Iglesia Católica.

El 11 de julio de este año, fue el actual Padre General de los jesuitas, el venezolano Arturo Sosa, el que hizo pública la noticia del inicio oficial del proceso de canonización de Arrupe. Fue en la Universidad de Deusto, dentro de la asamblea internacional de universidades jesuitas, durante un encuentro con 300 jesuitas, laicos y colaboradores, cuando el padre Sosa lo anunciaba. Más tarde, en una carta enviada a todos los jesuitas el 14 noviembre, aniversario del nacimiento de Arrupe, anunciaba la ceremonia oficial que iniciaría el proceso de beatificación. Fué el pasado 5 de febrero, aniversario de la muerte de Arrupe, en la Basílica de San Juan De Letrán en Roma.

El inicio de todo el proceso no sólo significa el reconocimiento de las virtudes y la santidad del Padre Arrupe. Implica también la rehabilitación de un personaje que no sólo fue muy admirado, sino que también fue muy criticado. Un personaje con una historia personal fascinante, que vivió uno de los momentos más convulsos de la historia de la Iglesia, y al que el tiempo parece que devuelve el lugar que se merece.

Pedro Arrupe Gondra nace en el casco viejo bilbaíno en 1907. Pierde muy joven a su madre, con ocho años. Mientras estudia en Madrid medicina perderá a su padre, vivirá la experiencia con los pobres que le abrirá los ojos a las cuestiones sociales. Tras la muerte de su padre, realizará un viaje con sus hermanas a Lourdes, donde será testigo como estudiante de medicina de varias curaciones milagrosas. Tras el viaje, decidirá abandonar los estudios e ingresar en el seminario de Loyola.

Arrupe vivirá todos los avatares de la situación histórica que le tocó vivir. Tendrá que dejar España cuando la compañía de Jesús sea expulsada por la II República. De allí pasará a Bélgica y Holanda, de  donde también tendrá que huir por el avance nazi. Terminará en los Estados Unidos, donde tendrá experiencias con presos, y al final conseguirá su destino anhelado, Japón. Allí pasará gran parte de su vida, y llegará a ser encarcelado durante 33 días por espía. Y allí será testigo también de uno de los episodios más terribles de la historia de la humanidad, que marcará toda su vida futura.

El 6 de agosto de 1945, Arrupe acababa de levantarse en la casa de novicios que dirigía cerca de Hiroshima. Una luz cegadora y una enorme explosión lo lanzó por los aires. Al principio creyó que una bomba había caído cerca, pero no encontró el lugar. Al elevarse a una altura y dirigir la mirada hacia la ciudad de Hiroshima, vio lo que había ocurrido. Había sido testigo de la explosión de la primera bomba atómica.

Intentó entrar en la ciudad, pero no pudo hacerlo hasta la noche. Después, convirtió el seminario en un hospital, atendiendo a los heridos, a los que atendía limpiando las heridas, y aplicando el ácido bórico que le dio un granjero. En medio de aquella situación, la misa rodeado de heridos tuvo una enorme significación para él.

Posteriormente realizó viajes por todo el mundo explicando lo allí ocurrido. Aquello, junto el haber sido provincial de una misión como la de Japón, formada por jesuitas de todo el mundo, hizo que se le viese como el líder perfecto para una Iglesia que salía del Concilio Vaticano II.

Siguiendo el deseo de renovación del Concilio, Arrupe líderó la renovación de la Compañía de Jesús a los nuevos tiempos. En su intento de modernizar la Compañía, se dará cuenta de la importancia de la justicia social y la transformación de la realidad para ser verdaderos testigos del evangelio. Lideró así la que se conoció como el giro social de la compañía, que en su famosa Congregación general 32, pasó del objetivo tradicional de los jesuitas de promover y ayudar a las almas, a promover la fe y la justicia social.

Este cambió significó muchas resistencias por parte del Vaticano, que criticó este giro como un sometimiento a las ideologías y a la izquierda política. Arrupe se veía entre dos extremos. Por una parte, los que no querían cambiar nada, por otro los que lo querían cambiar todo. La llegada de Juan Pablo II agravó el problema, debido a la incomprensión del pontífice hacia el giro de Arrupe.

Fueron años de crítica y tensión, que condujeron a pedir la dimisión, que no fue aceptada por Juan Pablo II, ante el peligro de que alguien más liberal pudiese ser elegido. La presión sobre Arrupe fue enorme, culminando en la trombosis que sufrirá a la vuelta de Manila, y que lo dejará postrado hasta su muerte.

La congregación que debería elegir su sucesor fue intervenida por el papa, difiriéndose en el tiempo dos años, para asegurar un nuevo general que diese garantías al Vaticano de que no se iría demasiado lejos en los cambios. Sería un hombre de Arrupe, el padre Kolvenbach, el encargado de suturar las heridas e ir acercando posturas. A pesar de ello, la figura de Arrupe fue silenciada durante décadas.

A su muerte, fue enterrado en el cementerio de Roma de los jesuitas. Sólo años después, y sin hacerlo oficial, su cuerpo fue trasladado a la Iglesia de Il Gesú, Iglesia principal de los jesuitas en Roma. Allí descansa junto al fundador, san Ignacio de Loyola, y san José Pignatelli, pieza clave para la restauración de la orden jesuita después de su disolución en 1773.

Pero curiosamente la rehabilitación de Arrupe ha venido desde el papado, origen de su defenestración. El 13 de marzo de 2013, por primera vez, un jesuita, el cardenal Bergoglio, subía al pontificado con el nombre de Francisco. Y el 31 de julio del mismo año, día San Ignacio, visitaba el Gesú, y rezaba sobre la tumba del padre Arrupe, gesto que significaba la rehabilitación del bilbaíno.

Francisco conoció a Arrupe en aquella época tan turbulenta de la Iglesia, y además compartió episodios muy importantes. El primero, siendo ya Bergoglio provincial de los jesuitas en Argentina, consistió en la recogida de Arrupe en su llegada a Argentina para apoyar a los jesuitas argentinos que estaban siendo atacados por su labor social. Un grupo de personas esperaban a Arrupe para abuchearlo. Fue Bergoglio el encargado de sacar a Arrupe por un lateral para que no lo abuchearán, junto a otra figura importante de la Iglesia argentina, el obispo Angelelli, muerto en un accidente de coche sospechoso durante la dictadura argentina, y también en proceso de beatificación.

El otro incidente se desarrolló en la mítica congregación general 32 de los jesuitas, donde se estableció el giro social. Jesuitas resistentes viajaron hasta Roma para protestar en la Congregación. Bergoglio, que asistía como provincial de los jesuitas argentinos, fue el encargado de esperar en la estación del Quirinale a los jesuitas argentinos que venían de protesta, y obligarles a darse la vuelta.

Pero Arrupe y Francisco no sólo compartieron episodios históricos, también compartieron destino. Bergoglio, al igual que Arrupe, tuvo que tomar el liderazgo de los jesuitas argentinos en un momento de gran turbulencia. Sobre él cayeron las críticas de los dos extremos de la provincia, y al final consiguieron que fuera sustituido. Fue defenestrado a una pequeña parroquia como confesor.

El propio Bergoglio reconoce que era demasiado joven para una misión tan compleja. Entonces llegaron momentos difíciles para él. Fue el Arzobispo de Buenos Aires, que lo conocía, el que lo sacó del ostracismo, y lo convirtió en obispo auxiliar. A partir de ahí llegará a obispo de Buenos Aires, cardenal, y años después a Papa.

Quién sabe si, ironías del destino, el primer papa jesuita de la historia hará santo a Arrupe. Lo que está claro es que ha sido el pontificado de Francisco, el que ha rehabilitado a una de las figuras más importantes de la Iglesia.