San Romero de América: mártir del pueblo

El domingo 14 de octubre el papa Francisco canonizó a dos de las figuras más significativas de la Iglesia de las últimas décadas. Por un lado, Pablo VI, el papa que clausuró el concilio Vaticano II, y que proclamó la necesidad del diálogo y la paz para el mundo moderno y, por otro, monseñor Romero, arzobispo mártir de El Salvador, asesinado por la defensa de los derechos humanos en el país centroamericano.

La elección de ambas figuras para ser canonizadas al mismo tiempo da idea de la importancia de ambos para el papa Francisco. Pablo VI, al que llamó “gran papa de la modernidad”, es uno de los pontífices más admirados por Francisco. Dos encíclicas suyas, Evangelii nuntiandi, sobre la necesidad de una nueva etapa evangelizadora para el mundo actual, y Populorum Progressio, sobre el problema del desarrollo y la injusticia social entre los pueblos, son claves para entender la labor evangelizadora de la Iglesia bajo el actual pontificado.

Pero la figura de Pablo VI, a pesar de ser más conocida, no logró eclipsar la figura de monseñor Romero, uno de los rostros imborrables de la historia de la Iglesia reciente, y que representa para Francisco “el pastor bueno, lleno de amor de Dios y cercano a sus hermanos que, viviendo el dinamismo de las bienaventuranzas, llegó hasta la entrega de su vida de manera violenta”. Un ejemplo de obispo “con olor a oveja”, como diría Francisco, que dio la vida por su pueblo y cuya historia merece ser rescatada del olvido.

Óscar Arnulfo Romero y Galdámez nació en 1917 en Ciudad Barrios, El Salvador. De familia humilde, tuvo que abandonar muy pronto los estudios y comenzó a trabajar como aprendiz de carpintero. Con 13 años decidió ser sacerdote, ingresando en el seminario menor. En 1937 fue enviado a Roma a cursar estudios de teología en la Universidad Gregoriana. Allí vivió el ascenso del fascismo y el inicio de la II Guerra Mundial.

A su regreso ejerció como párroco en la ciudad de Anamorós durante unos meses, hasta que fue llamado por su obispo para cubrir el puesto de secretario de la diócesis, puesto que ocupó durante 23 años. En 1967 fue nombrado secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador, mudándose a la capital. En San Salvador conoció al arzobispo Chávez, quien lo nombró su obispo auxiliar en 1970. Cuatro años después, fue designado obispo de la diócesis de Santiago de María.

En 1977, Pablo VI le nombró arzobispo de San Salvador en sustitución de Chávez. Al principio de su labor, surgieron voces críticas respecto a esa decisión, al considerar a Romero un obispo de talante conservador. Eran los años inmediatamente posteriores al concilio Vaticano II y a la conferencia de Medellín de 1968, en los que Romero no se caracterizó por ser especialmente partidario de los aires de cambio que soplaban en la Iglesia latinoamericana. Siguiendo los cambios conciliares, la Iglesia salvadoreña había optado por la defensa de las reivindicaciones campesinas frente a los terratenientes y el gobierno, siendo la postura de Romero en aquella época no muy clara al respecto.

Históricamente, la concentración de tierras en muy pocas manos había convertido a El Salvador en un país caracterizado por enormes desigualdades sociales. Esta concentración no hizo más que crecer durante todo el siglo XX, intensificándose incluso más en los años 70, generando una conflictividad social enorme entre las clases más desfavorecidas, por un lado, y, por otro, los terratenientes con el apoyo del ejército.

El papel de la Iglesia, que en el pasado había estado al lado de los poderosos, fue cambiando, acercándose a los campesinos y haciendo suyas las reivindicaciones de estos, denunciando la situación de injusticia social y clamando por profundas reformas. Esto hizo que la Iglesia fuera convirtiéndose también en objetivo de la represión del ejército y del gobierno.

En este difícil contexto Romero comenzó su labor como arzobispo (pastoral). Desde la época de su obispado en Santiago de María había tomado un mayor contacto con los problemas del campesinado, por lo que fue mostrando más interés por la cuestión social. Pero sería el asesinato de su amigo el jesuita Rutilio Grande, abatido por su labor de ayuda a los campesinos, lo que cambiaría la actitud de Romero ante lo que ocurría en el país. A partir de entonces el arzobispo salvadoreño se posicionó en contra de la represión y defendió los derechos del pueblo. Él mismo reconoció que fue el pueblo y su dramática situación lo que provocó una transformación en él, convirtiéndolo en el altavoz de los pobres frente a la injusticia.

Para Romero la violencia provenía de un sistema social injusto, en el que una oligarquía, junto al gobierno, mantenía un régimen económico que creaba desigualdad y pobreza. Para Romero todas las violencias eran condenables, pero entendía que, si el sistema injusto que regía El Salvador no cambiaba, se abocaba al país a una guerra civil en la que todos perderían. La solución era un proceso de reconciliación nacional, en el que se instaurase un sistema económico y político más justo para todos.

Su compromiso con las clases populares le llevó a ser calumniado y difamado constantemente, a la vez que las amenazas contra su persona fueron en aumento, junto a las presiones en su contra. En momentos tan angustiosos, su viaje a Roma en 1977, donde visitó al bilbaíno Pedro Arrupe, general de los jesuitas, y recibió el apoyo de Pablo VI por su labor en tan angustiosa situación, sirvió para poder aliviar la presión que sufría.

Pero la situación fue haciéndose cada vez más violenta e insostenible. Para 1980 las amenazas habían subido de tono y, según las personas allegadas a Romero, éste intuía ya que su fin podía estar cerca. Dejó incluso de utilizar chófer para sus desplazamientos, por miedo a que fuese herido en el caso de que intentaran secuestrarlo o matarlo.

El 23 de marzo de 1980, Romero pronunció una de sus homilías más conocidas y críticas con el gobierno y el ejército. En ella el arzobispo de San Salvador pedía que cesase inmediatamente la represión, terminando la homilía con las siguientes palabras: “En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios; cese la represión”.

Al día siguiente, Romero debía oficiar la misa funeral por la madre de un amigo en la capilla del hospital Divina Providencia. El oficio religioso había sido anunciado en la prensa, y su secretario, por motivos de seguridad, se ofreció para sustituirle en el funeral. Romero, en un primer momento accedió, pero, no queriendo comprometer a nadie, inmediatamente rectificó diciéndole a su secretario que prefería decir él mismo la misa. En aquella misa, nada más finalizar la homilía, alguien, desde la puerta, hizo un disparó contra Romero, acabando con su vida.

Pero la violencia no finalizó con el asesinato de Romero. Al contrario, el día de su funeral miles de personas quisieron acompañar a su arzobispo mártir congregándose un gran gentío en la catedral y sus alrededores. Precisamente en los alrededores del templo, se escucharon explosiones y disparos dando origen a una estampida. El resultado fue de más de cuarenta personas muertas por aplastamiento y por disparos.

Estos trágicos sucesos tampoco fueron el fin de la violencia en El Salvador. La violencia iría aumentando en los meses siguientes y como había presagiado monseñor Romero, terminó provocando una brutal guerra civil que entre 1980 y 1992 arrojó una cifra de unas 75.000 víctimas mortales. Guerra a la que se le pondría fin solo tras el impacto que causó en la población local y mundial una nueva masacre, la de los jesuitas de la UCA, en la que fue asesinado el jesuita portugalujo Ignacio Ellacuría junto a otros cinco religiosos de la misma orden (religiosa), su asistenta y la hija de ésta.

En una entrevista telefónica realizada dos semanas antes de su asesinato, Romero expresó su conocida frase: “Si me asesinan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”. Su figura ejemplifica perfectamente la imagen del obispo pastor que evoca la homilía del papa Francisco del 4 de mayo en Santa Marta: “El obispo es el que vela, el que vigila… es un poco el centinela, también, que sabe mirar para defender el rebaño de los lobos que vienen: mira, está por encima del rebaño y con el rebaño; camina con su rebaño, cuida del rebaño”.

Romero fue un ejemplo de pastor que supo acercarse al pueblo, defenderlo y dejarse convertir por él. Como él mismo dijo: “Con este pueblo no cuesta ser buen pastor”. Y este 14 de octubre, junto a Pablo VI, el papa que le brindó su apoyo en sus momentos más difíciles, el pueblo salvadoreño recordará su labor en defensa de los más débiles. Como Pedro Casaldáliga escribió en su poema San Romero de América, “Tu pueblo te hizo santo”.