San Juan XXIII, en su encíclica Mater et Magistra, escribe que “los principios generales de una doctrina social se llevan a la práctica comúnmente mediante tres fases: primera, examen completo del verdadero estado de la situación; segunda, valoración exacta de esta situación a la luz de los principios, y tercera, determinación de lo posible o de lo obligatorio para aplicar los principios de acuerdo con las circunstancias de tiempo y lugar. Son tres fases de un mismo proceso que suelen expresarse con estos tres verbos: ver, juzgar y actuar”.

Estas palabras ratifican que la Doctrina Social de la Iglesia es un esfuerzo por responder a la realidad concreta. No es teoría sino consecuencia de estar pegada a la vida. Realidades dinámicas que cambian a lo largo de los tiempos y que hacen de contraste para que la Iglesia, y quienes somos parte de ella, oriente su acción transformadora. No es lo mismo querer hacer frente a las situaciones del siglo XXI, con una crisis socioambiental en un contexto global, que convivir con las luces y sombras de los sistemas de organización sociopolítica del XX, ni hacer consciencia de la sobre explotación obrera en el capitalismo salvaje del XIX. La encarnación en la realidad es un hecho fundante de nuestra fe que nos exige, en cada momento, capacidad para un discernimiento orientado hacia la acción.

Pero todo discernimiento requiere metodología. Sin ella es un deseo abstracto poco útil. En el primer párrafo se ha hecho referencia a tres pasos, sencillos y claros:

  1. Ver: contemplar la realidad, identificar en ella lo que ocurre, sus dinamismos visibles e invisibles, los procesos y estructuras que la posibilitan, identificar la realidad histórica que se está viviendo. No es un análisis superficial ni una descripción simple de realidades complejas. Ha de ser una mirada que se sustente en las ciencias humanas y sociales y que utilice el conocimiento científico que aporta la sociología, la economía, la filosofía, las ciencias políticas, etc. Analizar lo que ocurre exige hacer uso de todas las herramientas para entrar a comprender de una manera precisa. Sin ellas no es posible hacer que la fe y la razón ilumine las problemáticas de nuestro mundo.
  • Juzgar: construir un juicio crítico de naturaleza teológica y moral, analizando qué acerca y qué separa de Dios, y considerando, desde una tensión ética, lo que hay y lo que debe haber, lo que somos y lo que estamos llamados a ser, tanto en la dimensión personal como en la comunitaria. Para este juicio es necesario criterios orientadores. Entre ellos, las referencias a los evangelios y las enseñanzas de Jesús de Nazaret (con atención a las bienaventuranzas), las experiencias proféticas reflejadas en la Biblia, la tradición de la Iglesia (tanto la de los Santos Padres en los primeros siglos como la de los principios y valores de la Doctrina Social de la Iglesia), la convicción de que los seres humanos estamos dotados para distinguir el bien del mal, y la racionalidad compasiva, que nos hace saber combinar razón con emoción generando al mismo tiempo una mirada amable, crítica y misericordiosa sobre el mundo.
  • Actuar: porque no hay fe viva sin obras, sin acción. Un discernimiento que lleva a una práctica concreta, con matriz evangélica y raíces en los signos de Jesús. Es la forma para hacer llegar la Buena Nueva. No es consecuencia de una mirada teórica ni científica, sino de una forma de mirar el mundo, la de Dios, para quien “nada de lo humano le es ajeno” y se hace cargo afectándose por la injusticia.